Reflexiones de Patricia Elena

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Los Rostros Detrás de las Cosas

Marzo 15th, 2009 · No hay comentarios

Hay gente que con solo decir una palabra

enciende la ilusión y los rosales;

que con solo sonreír entre los ojos,

nos invita a viajar por otras zonas

nos hace recorrer toda la magia.

 

Hay gente que con solo dar la mano,

rompe la soledad, pone la mesa,

sirve el puchero, coloca las guirnaldas;

que con solo empuñar una guitarra

hace una sinfonía de entrecasa.

 

Hay gente que con solo abrir la boca,

llega hasta los límites del alma,

alimenta una flor, inventa sueños,

hace cantar el vino en las tinajas.

Y se queda después como si nada.

 

Y uno se va de novio con la vida,

desterrando una muerte solitaria,

pues sabe que a la vuelta de la esquina,

hay gente que es así, tan necesaria.

 

Hamlet Lima Quintana

 

 

 

Siempre he considerado un regalo que alguien, usando como medio de transporte la palabra, la imaginación, la experiencia que se vuelve voz para ser contada, nos lleve de la mano a recorrer los caminos por donde transitan sus sentimientos, su vida cotidiana, su historia que, de algún modo misterioso e inexplicable, se va fundiendo con la nuestra en lazos de amistad compartida. Conversando con un amigo nacido en esas tierras del Sur en las que las viñas son parte del paisaje y de la historia de su gente, en las que se aprende al calor de una guitarra que  “el vino puede sacar cosas que el hombre se calla” y que “me gusta el vino porque el vino es bueno; porque lo saca el trabajo de la tierra, porque emborracha cuando uno está sereno, y porque alegra cuando uno tiene pena…”,

compartía conmigo alguna historia sobre tardes de vendimia. Unas palabras vertidas en la sencillez de un relato, me hicieron reflexionar sobre lo que yo llamo “los rostros detrás de las cosas”, o lo que describiera maravillosamente Lima Quintana como “gente necesaria”.  

Concluían ya las actividades del día en aquella fiesta de vendimia y las expectativas creadas por la publicidad distaban de haber sido satisfechas.  El vino que le habían ofrecido no era de lo mejor; quizá distaba mucho de serlo. “Pero el vino es vino y merece respeto porque es el fruto de la tierra y del trabajo; viene de un proceso, porque hay gente que trabajó para entregarme hoy esta copa y ponerla en mi mano”, me dijo.

 

Y es realmente a eso a lo que quiero apuntar en estas líneas, a esa consciencia sencilla que tantas veces se nos pierde de que todo lo que vemos, recibimos, disfrutamos, es fruto de un proceso; del proceso de maduración de la vida, de la gente que acompañó con mirada vigilante el día a día de la semilla que hoy es fruto, “producto”, “resultado” o como queramos llamarle.  Hace algún tiempo, tuve ocasión de visitar una hermosa finca cafetera en las tierras altas de mi país y escuchar a un ingeniero hablarnos sobre el cultivo del café, desde que es plantado, recolectado y procesado  hasta que llega a ser taza humeante en nuestra mesa, entrañable presencia que nos devuelve a la vida tras el sueño nocturno. Y en sus palabras, no sólo escuché a un hombre que conocía de primera mano lo intrincado del proceso haciendo la disertación interesante. Escuché el cariño del que sabe lo que cuesta y lo que vale cada paso; del que entiende que una leve diferencia en la humedad, en la altura, representa una diferencia significativa en la calidad, y esa diferencia se traduce en orgullo sereno en la mirada al saber que el cuidado que se pone en cada detalle tiene un profundo efecto en el resultado.

 

Repito aquí las palabras que escribiera antes en alguna otra reflexión citando a Ricardo Búlmez: “las cosas no son lo que son; son lo que somos.” Y creo que poder mirar el rostro o los rostros que se esconden detrás de cada cosa; mirar, como decía mi amigo, a la gente sencilla y perseverante que trabaja en silencio, que sostiene la vida y la esperanza, esa gente que muchas veces no aparece en los noticieros porque, según algunos, “eso no resulta comercial y hay que aumentar el rating”(Según ellos, comercial resulta la violencia, la sangre derramada, la deshonestidad, la pornografía, el irrespeto a la persona y su dignidad, pero en fin, no estamos hablando de ellos en esta reflexión,.

 

Hablamos más bien de esa  gente, que desafía todos los días al cansancio y a la monotonía para recordarnos que el problema no es levantarse temprano y acostarse tarde; el problema no son únicamente las largas distancias, los calurosos veranos o los fríos inviernos, los retos del mercado, etc. Como dice Silvio Rodríguez, “el problema, señor, sigue siendo sembrar amor.”

 

Gracias a los que saben sembrar amor en el trabajo cotidiano, en la taza de café que nos hace la mañana más alegre y nos prepara para el día, en el vino del que me hablaba mi amigo, fruto e historia de su gente que se nos vuelve aroma, presencia y pretexto para rescatar aquello que es urgente e importante: los rostros que palpitan detrás de cada cosa, los rostros que van tejiendo y construyendo la vida, los rostros de la gente necesaria…

Tags: Vida

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