A veces vivimos experiencias y las dejamos guardadas en algún sitio de la memoria, pensando compartirlas más tarde. Y el tiempo va pasando; los días se suceden y la vivencia que tuvimos se va afirmando, se reentiende, se reinventa… Ya han pasado algunos meses desde mi viaje a Tanzania como delegada de la Asociación Bíblica Católica de mi paísv y no he escrito nada en este espacio sobre eso.
Cuando me preguntan qué fui a hacer a Tanzania, resumo mi respuesta en las siguientes palabras: “fui a mirar y a escuchar…”: a mirar con el corazón a personas venidas de diversas culturas, cada quien con una historia, con sus luchas, sus inquietudes, su equipaje, sus ataduras y su libertad a veces conquistada, a veces por conquistar. En un contexto “de iglesia” como aquel en el que nos encontrábamos, siento que es importante remontar la mirada más allá de los roles o cargos jerárquicos concretos para ver a la persona, escuchar lo que hay detrás de las palabras y de las propuestas, sentir la realidad que cada quien nos trae y de la que no sólo se habla con los labios sino con todo lo que uno es.
Por otra parte, mi contacto concreto con la gente de Tanzania me recordó algo que había empezado a aprender hacía tiempo en mi vida personal: la paz es un bien cuyo valor es incuantificable; un bien que hay que defender y por el que hay que trabajar con renovada conciencia cada día, no viene así sin más, gratuitamente. Más allá de las carencias materiales, de lo que falta por desarrollar, siento que los tanzanianos están orgullosos de su paz: sacar adelante un país en el que logran convivir aproximadamente 120 tribus, religiones distintas (cristianismo, islamismo, religiones tradicionales animistas, etc.), insertado en la realidad de un continente en que la segmentación y los quiebres han dado lugar a una profunda violencia, es un logro que no se alcanza a medir desde una óptica superficial.
Finalmente, mi experiencia en Tanzania me hizo agradecer profundamente el regalo de haber nacido y crecido en esta América multicolor y diversa, pero en la que reconocemos también profundos lazos y lugares comunes. Tanzania me conectó con el profundo legado africano que aún palpita en nuestras culturas, en su música y expresiones artísticas, en su mentalidad. El poder encontrar desde ese maravilloso espacio que es la música un modo de acercarnos (latinoamericanos, europeos, asiáticos, africanos, etc.); el hallar en el corazón sitios de resonancia para tantas maneras de expresar y de sentir la vida, me hace creer cada día con más fuerza en la importancia de tender puentes y de ser personas que podamos usar las formas no para separarnos o atascarnos en ellas, sino más bien para que con todo lo que tenemos y con todo lo que somos, podamos proclamar la buena noticia de amor que vino a darnos Ése que sabe ver más allá de las etiquetas, ver en lo escondido, en la sagrada profundidad del corazón de cada uno.