Reflexiones de Patricia Elena

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A mis amigos

Julio 20th, 2008 · 1 Commentario

Los argentinos que he conocido me han recordado una linda tradición que me da pie, casi me brinda una excusa (no es que la necesite, claro está) para escribir estas líneas. En Argentina, se celebra el 20 de julio el “día del amigo”, y éste es festejado en otros países en fechas diversas.

Por supuesto, algunos alegarán que, como la mayoría de las celebraciones, se ha convertido en un pretexto para el comercio, para la compra de regalos y el consumismo. Pero yo me quedo con lo que decía un comentarista de una radio argentina al respecto: “Más allá de si es comercial o no, hoy aproveche, llame a su amigo y dígale que lo quiere; y sobre todo, dígale por qué lo quiere…”

En mi vida, puedo decir que he tenido el placer de degustar el sabor de la amistad; disfrutar de su aroma, acariciarla sin prisas y sin premuras; mirarla a los ojos cuando sin falsas poses y sin disfraces, al calor de una buena charla, nos reconocemos, nos prestamos un espejo para vernos adentro sintiendo que las palabras o los silencios del otro no son invasión sino compañía confiada y gratificante.

La amistad tiene para mí aroma a sencillez, a alegrías y penas compartidas (no en vano dicen que una alegría compartida es doble alegría y una pena compartida es media pena); a proceso de crecimiento y aprendizaje. Es un espacio de libertad y de respeto en el que vamos aprendiendo a ser cada vez más nosotros mismos y viendo a esa persona, al amigo en toda su profundidad. Vamos aprendiendo a entender lo que nos gusta, lo que no nos gusta, lo que nos molesta, lo que nos duele; y aprendemos que el amigo, por más que nos quiera, no siempre sabe las intimidades de nuestro corazón y que somos nosotros quienes hemos de elegir ir abriendo esos territorios interiores si deseamos que esa semilla de amistad que se planta un día en algún encuentro, en alguna primera vivencia compartida, sea un árbol fuerte y frondoso que sepa dar sombra y acogida a los que tengan el tiempo y la paciencia para disfrutar de él.

Cuántas personas hay que pasan años compartiendo amistad, pero ello no va más allá de encuentros en los que hablan de cualquier cosa menos de ellos mismos; en los que, si bien pasan ratos agradables, no acaban de sentirse cómodos con el otro porque no pueden retribuir de la misma manera lo que el otro da. También hay quienes buscan dar siempre, atender siempre, pero no permiten ese espacio en el que el amigo puede también ofrecerles lo que tiene y lo que es; no aceptan que también ellos necesitan dejarse cuidar, que también ellos son vulnerables.

Hay quienes se acercan a la amistad buscando escuchar siempre la palabra halagadora, buscando que el otro esté siempre de acuerdo y lo llaman “apoyo y fidelidad incondicional” o, como he escuchado decir: “con los amigos, con la razón o sin ella”.

Respeto esas propuestas, pero no son las que alimentan mi amistad; no es lo que me interesa ofrecer ni lo que me regalan aquellos que tengo la fortuna de contar entre mis amigos. ¡Cuánto se los agradezco! Prefiero para abonar la amistad entre otras cosas, algo como lo que canta Silvio Rodríguez: “

Pero cuando haga daño, aunque inocente,

corre hacia mí blandiendo el pecho abierto;

y descorre las nubes de mi mente;

sé, amigo, manantial en mi desierto;

que yo sabré recompensar tu acierto

con mayor amistad para la gente.”

También creo en lo que bien canta Rubén Blades: “Cada amigo es la familia que escogemos entre extraños”; los escogemos y nos escogen, en libertad, en complicidad, y nos elegimos para más que pasar tiempo juntos (sin que esto deje de ser muy importante). Nos elegimos para ser parte de la vida del otro, para crecer, para sanar heridas porque no hay buena amistad que no se haya templado en el crisol de una discusión tras la cual, nos reconocemos más humanos y más capaces de abrazarnos, de comunicarnos, de perdonarnos y de reírnos de nosotros mismos (y si nos reímos de nosotros mismos, el amigo no ha de ofenderse si nos reímos juntos de él un poquito también, que una risa a tiempo es la mejor manera de salvar distancias y de traernos de vuelta para dar a las cosas su justa perspectiva: “después de todo, esto no es tan importante para echar a perder una relación tan valiosa”.

Y es que la amistad, para mí, está hecha, entre otras cosas, de puentes; de puentes de cariño y de respeto; de lugares comunes que uno va visitando y descubriendo con el tiempo; de dudas y certezas: la certeza de saber que somos queridos y valorados por lo que somos (sí, con defectos incluidos y reconocidos por el otro), la certeza de saber que el que más nos quiere también puede lastimarnos (no he dicho que desee hacerlo, he dicho que puede hacerlo); la certeza de saber que también nosotros podemos lastimar; la certeza de saber que, más allá de eso, existe un espacio para la ternura, para la sonrisa y las lágrimas, para volverse a admirar ante el milagro de las coincidencias y para celebrar que tú y yo estemos aquí en este momento; celebrar, como escribe Ana Lucía Vlieg, que “quiero encontrarte,

amigo de poema y de prosa

amigo sin un siempre, amigo sin un nunca,

amigo solamente de un aquí y un conmigo,

simplemente sentirte, reconocerte, amigo.

Hablar de la amistad o escribir sobre ella, casi podría convertirse en rememorar palabras y canciones:

“A mis amigos les adeudo la ternura

y las palabras de aliento y el abrazo;

el compartir con todos ellos la factura

que nos presenta la vida paso a paso…

A mis amigos legaré cuando me muera

mi devoción en un acorde de guitarras;

y entre los versos olvidados de un poema,

mi pobre alma incorregible de cigarra.”

(A. Cortez)

Sí, la amistad también es rememorar y hacerlo con gratitud, porque la gratitud es la memoria del corazón; y es, para mí, saber que puedo hacer propias esas sencillas pero significativas palabras de Marcos Vidal en su canción “Mi Regalo”. Gracias por escribirlas:

No son muchos pero Dios los puso ahí,

un poquito más cercanos, me los regaló a mí

para hacerme comprender un poco más

el calibre del amor de mi Padre celestial.

No son muchos, pero no los hay mejores en la tierra

sin temor a los leones en la arena,

Sólo pendientes de que alguien me proteja

aunque el precio sea mayor.

Son amigos; y no tengo que dar nombres o apellidos

porque ellos mismos ya se saben aludidos…

No son muchos pero Dios los puso ahí,

peregrinos incansables, luchadores de marfil,

forasteros con nostalgia del hogar,

en sus frentes brilla el sol,

en sus manos siempre hay pan.

Y en sus labios, no hay engaño ni hay traición porque son sellos,

y jamás he visto zánganos más bellos,

ni me he reído tanto como junto a ellos,

aún en medio del dolor.

Son amigos; y no quiero dar sus nombres ni apellidos.

Ellos lo saben y se dan por aludidos.

Tags: Amistad · Todas

1 respuesta por ahora ↓

  • 1 Elidia Taslak // Ago 5, 2008 at 10:29 pm

    hola patricia espero que estes bien…. has tocado un tema que para mi es muy especial porque al no tener hermanos de sangre los tengo de union asi les digo a mis amigos mas cercanos que para mi simbolizan los tres componentes claves de un regalo:Envoltura, moño y la cinta de goma o tape porque digo eso muy sencillo la envoltura es lo que vez de ellos y llaman la atencion y cada uno es de una textura y diseño diferente haciendos unicos y especiales, el moño es lo que nos une y hay como cada amiga de todos los gruesos y formas y la cinta de goma es lo que cada uno da para apegarnos a ellos y saber que estamos protegidos uno al otro asi que cuando decimos que la amistad es un regalo literalmente lo es…gracias y feliz dia del amigo y espero que tengas buenos regalos en tu vida con muchos envoltorios diferentes y muchos moños….

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