Reflexiones de Patricia Elena

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Padres

Marzo 29th, 2008 · 2 Commentarios

Pensaba el otro día y conversaba con una amiga que muchos hijos podrán decir cosas sobre sus padres: algunos podrán decir que tuvieron padres que les dejaron educación, una carrera, que trabajaron por ellos “para levantar una familia” dejando en el camino “sangre, sudor y lágrimas”; otros podrán decir que sus padres les dejaron un legado económico (muchos padres quieren estar en esta categoría: “¡que a mis hijos no les haga falta nada” (vana esperanza porque “el ser humano no quiere mucho; quiere más”). Pero pocos pueden decir que tuvieron un padre sabio y muy pocos pueden decir también que tuvieron un padre feliz. ¡Y cuántos quisieran poder decirlo! Qué regalo es poder recordar a una persona que, desde niño, te enseñó con paciencia y creatividad que la vida es un juego y una aventura; que ganas puntos cada vez que te caes y te levantas; que no se dice “no puedo” sino “voy a intentarlo”, que puedes hacer cosas hermosas con tus manos, con tu voz, con tus ojos, con todo lo que tienes y que parte del juego, consiste en descubrir todo lo bueno que puedes hacer con esas herramientas; que lo importante de la vida no es tener juguetes sino disfrutar del juego; que este juego es muy largo y la carrera no es de velocidad sino de resistencia; que gana puntos el que cumple lo que promete, el que no juega con mentiras, el que sabe lo que vale un compromiso y no hace malas jugadas sólo porque “el otro hizo trampa y si él puede, yo también”, el que sabe lo que quiere y puede lograrlo sin dañar a otros y sobre todo, el que sabe que es un ser valioso y sagrado y que no olvida tampoco que sus compañeros de juego lo son.

Es un regalo poder mirar atrás (o al lado) y decir que tuvimos un padre que no sólo nos dio las reglas del juego, sino que lo jugó bien, a conciencia, poniendo el corazón en cada buena jugada, concentrándose para replantearse y corregir la estrategia cuando veía que se estaba equivocando y que cuando pensamos en alguien para imitar, podemos seguir diciendo: “¡yo quiero jugar este juego como lo hizo papá!” Qué regalo tener un padre que sepa enseñarnos que este juego también tiene riesgos y peligros; que no podemos andar sin mirar las consecuencias de nuestras jugadas (por supuesto, contamos con que él mide las consecuencias de las suyas); que no sólo nos dijera el “qué hacer” sino lo más importante; cómo hacerlo: “no aprendas a callar como el cobarde, mas bien aprende a hablar como el prudente”. Qué regalo tener un papá que nos deje jugar por nosotros mismos sin estar dando siempre instrucciones, que sepa hacer silencio, escuchar, observar, darse cuenta de cuando nos estamos perdiendo en lo de afuera y dejando de mirarnos adentro; que entienda que todos estamos en camino, en proceso, y que todos (él también) estamos siempre creciendo, viviendo pues la vida es el preludio de una canción de eternidad. Qué regalo es que papá no sólo se preocupe por tener una linda casa sino que sepa y nos recuerde siempre que ya tenemos una casa desde que nacimos: nuestra casa interior (realmente no es algo obvio, eso hay que enseñarlo). Qué regalo tener un papá que no esté tan ocupado queriendo lograr cosas, sino que se dé el tiempo para cuidar su casa interior, el hogar de su corazón, sus pensamientos y su cuerpo; que recuerde que esa casa hay que limpiarla y no sólo por encima, sino levantar las alfombras, revisar por las esquinas, quitarle el polvo del cansancio y el pesimismo a las ventanas de la mirada para que no nos perdamos del paisaje de la vida y sacar la basura de los rencores todos los días porque si no, el mal olor de la amargura y la decepción es tanto que no sólo nos afectará a nosotros sino también a los vecinos. Que no se olvide de decirnos que cada quien debe hacerse cargo de cuidar su casa, que nadie puede hacer eso por nosotros; que así como él no puede limpiar nuestro corazón y tampoco podrá ordenar nuestra vida, tampoco nosotros podemos elegir por él la felicidad. Qué regalo es tener un padre valiente; que no le tenga miedo a la libertad, a la ternura, a la vulnerabilidad, que no quiera esconder la propia ni la de otros; que sepa y nos enseñe que otra regla del juego es aprender a no andar disfrazado de lo que no eres. Qué regalo es tener un padre que haya revisado bien sus maletas y que entienda que la vida le da a cada quien su propio equipaje; que los hijos tendrán sus propias lecciones y no necesitan los prejuicios del abuelo, las frustraciones de la abuela, los resentimientos con el tío y con mamá, las culpas no asumidas, las heridas infectadas y los sueños que papá dejó rezagados y que ahora deberán cumplir ellos porque “al fin y al cabo, todo este sacrificio es por ti…” ¡Qué regalo es tener un padre que sabe que la vida no le ha regalado “un hijo”, sino más que eso: le ha puesto delante a un ser humano sagrado, inmenso y profundo a quien él también debe aprender a conocer, a amar, a descubrir y a respetar; que vivir o estar con alguien no significa conocerse; que ignorar las dificultades no hará que desaparezcan y que animar y buscar lo positivo es la mejor puerta para el cambio y el crecimiento… ¡Y qué regalo es saber que, como bien dijo ese poeta y cantor catalán: “nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj; que decidan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y que un día nos digan…”: ¡Gracias por haberme enseñado a vivir. Te quiero”.

Tags: Familia · Todas

2 respuestas por ahora ↓

  • 1 nerida // Feb 16, 2009 at 5:33 pm

    maravilloso , es una reflexion formidable.Adelante

  • 2 Patricia Elena Angulo Diaz // Mar 18, 2009 at 4:30 pm

    ESTE TEXTO ES INVALUABLE PARO LOS HIJOS QUE DESEAMOS SER GRANDES PADRES, AMIGOS….. Y PARA LOS PADRES QUE DESEAMOS TRIUNFAR CON NUESTROS HIJOS HACIENDO TODO CON AMOR Y POR AMOR…..
    GRACIAS…

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