Hay gente que con solo decir una palabra
enciende la ilusión y los rosales;
que con solo sonreír entre los ojos,
nos invita a viajar por otras zonas
nos hace recorrer toda la magia.
Hay gente que con solo dar la mano,
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca las guirnaldas;
que con solo empuñar una guitarra
hace una sinfonía de entrecasa.
Hay gente que con solo abrir la boca,
llega hasta los límites del alma,
alimenta una flor, inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas.
Y se queda después como si nada.
Y uno se va de novio con la vida,
desterrando una muerte solitaria,
pues sabe que a la vuelta de la esquina,
hay gente que es así, tan necesaria.
Hamlet Lima Quintana
Siempre he considerado un regalo que alguien, usando como medio de transporte la palabra, la imaginación, la experiencia que se vuelve voz para ser contada, nos lleve de la mano a recorrer los caminos por donde transitan sus sentimientos, su vida cotidiana, su historia que, de algún modo misterioso e inexplicable, se va fundiendo con la nuestra en lazos de amistad compartida. Conversando con un amigo nacido en esas tierras del Sur en las que las viñas son parte del paisaje y de la historia de su gente, en las que se aprende al calor de una guitarra que “el vino puede sacar cosas que el hombre se calla” y que “me gusta el vino porque el vino es bueno; porque lo saca el trabajo de la tierra, porque emborracha cuando uno está sereno, y porque alegra cuando uno tiene pena…”,
compartía conmigo alguna historia sobre tardes de vendimia. Unas palabras vertidas en la sencillez de un relato, me hicieron reflexionar sobre lo que yo llamo “los rostros detrás de las cosas”, o lo que describiera maravillosamente Lima Quintana como “gente necesaria”.
Concluían ya las actividades del día en aquella fiesta de vendimia y las expectativas creadas por la publicidad distaban de haber sido satisfechas. El vino que le habían ofrecido no era de lo mejor; quizá distaba mucho de serlo. “Pero el vino es vino y merece respeto porque es el fruto de la tierra y del trabajo; viene de un proceso, porque hay gente que trabajó para entregarme hoy esta copa y ponerla en mi mano”, me dijo.
Y es realmente a eso a lo que quiero apuntar en estas líneas, a esa consciencia sencilla que tantas veces se nos pierde de que todo lo que vemos, recibimos, disfrutamos, es fruto de un proceso; del proceso de maduración de la vida, de la gente que acompañó con mirada vigilante el día a día de la semilla que hoy es fruto, “producto”, “resultado” o como queramos llamarle. Hace algún tiempo, tuve ocasión de visitar una hermosa finca cafetera en las tierras altas de mi país y escuchar a un ingeniero hablarnos sobre el cultivo del café, desde que es plantado, recolectado y procesado hasta que llega a ser taza humeante en nuestra mesa, entrañable presencia que nos devuelve a la vida tras el sueño nocturno. Y en sus palabras, no sólo escuché a un hombre que conocía de primera mano lo intrincado del proceso haciendo la disertación interesante. Escuché el cariño del que sabe lo que cuesta y lo que vale cada paso; del que entiende que una leve diferencia en la humedad, en la altura, representa una diferencia significativa en la calidad, y esa diferencia se traduce en orgullo sereno en la mirada al saber que el cuidado que se pone en cada detalle tiene un profundo efecto en el resultado.
Repito aquí las palabras que escribiera antes en alguna otra reflexión citando a Ricardo Búlmez: “las cosas no son lo que son; son lo que somos.” Y creo que poder mirar el rostro o los rostros que se esconden detrás de cada cosa; mirar, como decía mi amigo, a la gente sencilla y perseverante que trabaja en silencio, que sostiene la vida y la esperanza, esa gente que muchas veces no aparece en los noticieros porque, según algunos, “eso no resulta comercial y hay que aumentar el rating”(Según ellos, comercial resulta la violencia, la sangre derramada, la deshonestidad, la pornografía, el irrespeto a la persona y su dignidad, pero en fin, no estamos hablando de ellos en esta reflexión,.
Hablamos más bien de esa gente, que desafía todos los días al cansancio y a la monotonía para recordarnos que el problema no es levantarse temprano y acostarse tarde; el problema no son únicamente las largas distancias, los calurosos veranos o los fríos inviernos, los retos del mercado, etc. Como dice Silvio Rodríguez, “el problema, señor, sigue siendo sembrar amor.”
Gracias a los que saben sembrar amor en el trabajo cotidiano, en la taza de café que nos hace la mañana más alegre y nos prepara para el día, en el vino del que me hablaba mi amigo, fruto e historia de su gente que se nos vuelve aroma, presencia y pretexto para rescatar aquello que es urgente e importante: los rostros que palpitan detrás de cada cosa, los rostros que van tejiendo y construyendo la vida, los rostros de la gente necesaria…
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Sí, ya sé que suena extraño, prosaico, y por qué no, hasta medio descarnado. Empecemos por aclarar. Realmente no me refiero al Amor, ése que más que sentimiento primario es decisión de la mente y del corazón, fortaleza y constancia. Me refiero sencillamente a lo que algunos llaman amor para ahorrar tiempo y palabras (“usted me entiende”) porque uno no sabe exactamente de qué está hecho ni cómo ocurre (por más tratados científicos que se escriban para entenderlo). Algunos lo llaman interés, atracción, química, sintonía, en fin… ¿Ya nos vamos entendiendo? Es eso que se siente por una persona en particular y a veces ni siquiera puedes explicar por qué, desafía incluso tus propias expectativas y preconcepciones (¿”por qué esta persona si yo había dicho que nunca saldría con un…” )
Quién sabe de cuántos componentes está hecha esa primera impresión que nos invita a acercarnos, que nos hace querer atisbar en la vida de la otra persona: curiosidad, intriga, excitación, entusiasmo, ilusión… En fin, quién sabe.
Lo cierto es que pasa en cualquier momento, desafiando las canciones de moda (o no tan de moda) con las que alguna vez afirmaste convincentemente tras alguna decepción, el típico “No me vuelvo a enamorar…”, etc., etc., etc.
Ni siquiera es enamorarse, pero en fin, qué importa lo que sea. El punto es que para mí, ese momento inicial se parece mucho a una gripe.
Para los cantantes, la gripe es una amenaza que puede salirte al paso antes de cualquier concierto. Y a veces, por más precauciones que tomes, no hay modo de evitarla. El leve escozor en la garganta, molesta secreción nasal a una semana del concierto y ya sabes lo que viene. Entonces, tienes dos opciones: seguir hablando y trabajando como si nada, no cuidarte y no descansar; y lo próximo que tienes es una laringitis que te arruina la experiencia y ahora sí, a hacer silencio y total reposo vocal hasta que se te pase. Qué le vas a hacer, abusaste en los ensayos, no te cuidaste y ahí tenemos los resultados.
La otra es: “Me estoy resfriando, ya sé cómo ocurre, no es nada realmente preocupante pero hay que descansar un poco, tomar líquidos, etc”.
Igual te va a doler la garganta por unos días, pero por lo menos, no perderás la voz en el intento y ya podremos cantar confortablemente ese día.
¿Será que es algo así lo de esos encuentros iniciales? Dale alas a esa llamita para que veas lo que pasa. Empieza como una broma y acabas con dolor en un sitio que ni siquiera es sólo emocional, parece casi físico.
¿y dónde duele? Muchas veces, duele en el sitio de la ternura, de la ilusión que quieras o no, fuiste construyendo. No tiene nada que ver con el otro; tal vez el otro no hizo nada o muy poco.
Tiene que ver con uno mismo, con nuestra capacidad de soñar, de jugar, de ser inocentes al menos por un instante, como ese día en el que inocentemente, te sorprendió la lluvia con su caricia imprudente y atrevida; y ahí estamos, con gripe a una semana del concierto.
De modo que, a cuidarse de las gripes y de los encuentros iniciales sin futuro y si nos da la gripe y elegimos seguir cantando, si vamos a dejar la voz en el intento, ¡que sea por una canción que realmente vale la pena!
Porque como dice Silvio Rodríguez:
“Si decides cantar, cántalo todo,
tu camisa, tu patio, tu salud.
Si tú debes cantar de cualquier modo,
canta bien, con virtud;
pero ay amor, ay amor,
canta siempre de corazón…”
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Empezó de manera muy casual: el clásico saludo en el messenger y luego una breve conversación con un amigo. Hablar de lo cotidiano, reírse de alguna broma y de repente, compartir algún pedazo de su presente, de su historia: la duda, irse o quedarse; seguir o volver…
Muchos hemos vivido lo que canta Alberto Cortés:
“luego fue tiempo de estudios con regresos a menudo, pero con plena conciencia que iniciaba un largo viaje, sólo de ida el pasaje y así me ganó la ausencia.”
Hemos sentido esa emoción al ver el horizonte que se abre ante nuestros ojos: estudios universitarios fuera del país; tanto que aprender, la perspectiva de nuevas oportunidades profesionales, nuevas amistades, en fin, la vida con su dosis de novedad, de desafío y de aventura.
Y así sucede: se aprende y no solamente música, medicina o lo que uno haya elegido. Se aprende que hay muchos como nosotros; que ya no se nos reconoce por nuestro nombre y apellido como ocurría tal vez en la pequeña intimidad de nuestra tierra natal; se aprende esa sensación de anonimato y de ir construyendo nuevamente un espacio propio; se aprende que, sin importar el lugar en donde nos encontremos, “no todo lo que brilla es oro” y hay que saber con claridad lo que uno quiere y necesita, pedirlo y buscarlo. Se aprende también a mirar desde lejos; a veces desde los fríos inviernos a la calidez tropical que hemos dejado; una calidez que va más allá del sol que acompañó nuestra infancia o nuestra adolescencia. Tiene que ver con la calidez de la familia, los amigos, la risa entrañable y desenfadada, la comida que nos espera en la mesa a la hora justa y esas cosas que están ahí, como por arte de magia. Uno aprende ahora que no ocurren mágicamente; son el fruto del cariño fiel y vigilante de una madre, de un padre, de los que caminan a nuestro lado y a veces se confunden con nuestro paisaje de todos los días.
La distancia enseña. Enseña cada regreso en las vacaciones: uno se da cuenta de que nosotros también tenemos un acento particular al hablar, “¡sí, sólo llegar al aeropuerto y ya lo escuchas!” Uno se da cuenta que desde lejos, el tránsito y los atascos, alguna que otra intromisión familiar que no es bienvenida, el calor, la mediocridad…, se nos olvidan (“no recordaba que esto era así, ¡no ha cambiado!”
Uno se hace conciente de su propio movimiento interior, lo inevitable del crecimiento. No falta una reunión con algún amigo de la adolescencia tras la cual, uno vuelve a casa diciendo: “¿Dónde se nos perdió la conexión? ¿Cómo es que antes había tanto que compartir y ahora no lo encontramos?” Y también uno comprueba que hay afectos que siguen siendo sólidos y fuertes, esos que se reconocen de una mirada, en el primer abrazo, en la alegría sencilla del reencuentro más allá de razones intelectuales y de argumentos.
Y así va pasando el tiempo y llega, sin buscarlo, el tiempo de encrucijada: años de estudio, quizá una buena oportunidad de trabajo, el camino laboral que se abre ante nosotros allá… Pero, como dice Benedetti y canta Serrat: “pero aquí abajo, abajo, cerca de las raíces”… Cerca de las raíces está el corazón con sus memorias; la íntima pregunta que no alcanza a tener respuesta de tan íntima que es a veces: “¿será que hay realmente un espacio allí para mí? ¿Será el momento correcto para volver? Tal vez después de algunos años, de haber visto y logrado otras cosas… Tal vez…
Y sigue la vida, el afán de los días que pasan; uno se olvida de la pregunta hasta que ella, agazapada asechando en la oscuridad de alguna noche, se nos cuela por entre las rendijas de los recuerdos. Y viene, como desde lejos, con rumor de música distante, algo que tira del alma como un cordel… Para algunos, es la soledad y el frío del invierno, la vuelta a casa después del trabajo entre rostros desconocidos, el idioma que a pesar de que se hable correctamente nunca será enteramente propio. Para algunos (y aquí vuelve de puntillas la conversación con mi amigo), algún amor que, a lo mejor, ni es amor todavía…
“Hay cariño”, me dijo. Y ese cariño justifica la mirada hacia “atrás”, la pregunta, la incertidumbre. Ese cariño suena a lo que maravillosamente escribe Yupanqui:
“Cuando se abandona el pago
y se empieza a repechar;
tira el caballo adelante
y el alma tira pa’ atrás…”
Se me ocurre pensar que ese cariño, aunque tenga el rostro de una persona, a veces es más que eso. Tiene que ver con el deseo de la cercanía, con esa hermosa definición de hogar que da Clarisa Pinkola Estés en su libro “Mujeres que Corren con los Lobos”:
El hogar es ese lugar “donde todos los ruidos suenan bien, la luz es agradable y los olores nos tranquilizan en lugar de alarmarnos. … Allí no sólo hay tiempo para meditar sino también para aprender y descubrir lo olvidado, lo abandonado y lo enterrado.”
“Entre mi carrera y ser feliz, yo elijo ser feliz. He probado lo otro y no ha resultado.” Me quedé en esas palabras de mi amigo. No supe cómo decírselo en ese instante. Tal vez él ya lo sabe y no hace falta que se lo diga. Nos lo han dicho muchas veces, pero uno tarda en aprenderlo (ya he escrito en alguna reflexión anterior que no se aprende sólo con la cabeza sino con todo nuestro ser: con el corazón, con la mente, con la piel, el cuerpo y el alma…) Ser feliz no depende de la carrera, ni de una persona (no importa todo el cariño que haya, simplemente no es suficiente). Ser feliz tiene que ver con eso: con poder construir el hogar, con saber qué es vital para nosotros, qué nos hace florecer, qué alimenta nuestra pasión y nos hace fértiles para la vida. Tiene que ver con entender qué nos quema el alma, con descubrirlo, y con ser lo suficientemente valientes para conservarlo a toda costa. Hay que construirlo a pulso. Entonces podremos invitar a otro (u a otra) a compartirlo.
Se puede tener un diploma universitario (o varios). Se puede tener un matrimonio “estable”, incluso una familia, y aún así, no saberlo.
Supongo que no es tan importante lo que decida al final mi amigo. Lo que sí es importante es por qué lo decide.
Qué bien lo dijo ese gaucho, profeta de los caminos:
“En el trance de elegir
que mire el hombre pa’ adentro,
ande se hacen los encuentros de pensares y sentires;
después que tire ande tire con la concencia por centro.”
“Que elija una sola estrella quien quiera ser sembrador…””
Y antes, nos lo contó el Maestro de Galilea, con su palabra que despierta y vivifica:
“Donde está tu tesoro, allí está tu corazón.” La pregunta es: “¿Dónde está tu tesoro…? E incluso antes que eso:
¿Cuál es…?
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Ayer, en una agradable conversación, de esas que son como un regalo al final de un largo día de trabajo, , hablábamos sobre lo que yo llamo la resonancia de las palabras. Siento que las palabras tienen un antes y un después:
… mesa…
… Canto…
… Luz…
… Soledad…
… Abrazo…
A mí me gusta sentirlas, sostenerlas por un instante, dejarlas resonar y saborearlas, degustarlas sin prisa, escuchar lo que queda después de que el sonido se ha apagado.
En un momento, alguien pregunta algo como: “Y sentimentalmente, ¿estás sola? (se refiere a si tengo pareja o no).
Sé que percibe una leve vacilación en mi respuesta. La duda no tiene nada que ver con la respuesta en sí misma. Sé claramente lo que debo responder. Es que me he quedado en la palabra, en su sonido, en sus resonancias…
… Sola…
Y me viene a la memoria una canción de Charly García: “no pienses que estoy solo, ¡estoy comunicado con todo lo demás!”
Reconozco esa hermosa conexión que nos hace capaces de mirar a los demás y reconocerlos. Tal vez no sabemos a ciencia cierta sus circunstancias de vida, su historia; esa historia de currículum vitae con nombres y fechas. Pero los sabemos por dentro: sabemos que esta canción les tocará en el sitio preciso,
en el lugar de la ternura, de la alegría, o en el sitio de alguna pena escondida, de algún recuerdo que aún necesita ser cantado para ventilarlo al sol, porque “hay que sacarlo todo afuera, como la primavera, para que adentro nazcan cosas nuevas.”
No, no importa cuál sea la respuesta a esa pregunta. Me atrapa la resonancia de la palabra y me recibe Casaldáliga como él sabe hacerlo, aclarando y redefiniendo. No, no estoy sola; o quizás sí, al menos de vez en cuando, pero de otra manera, por otras razónes; porque como bien dice su poema “Quizás Esta Soledad”:
“Soledad no es estar solo;
es vencer la compañía que nos detiene y seguir
con la mochila del riesgo
conciente de la frontera
y el destino de ser hombre.”
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A veces vivimos experiencias y las dejamos guardadas en algún sitio de la memoria, pensando compartirlas más tarde. Y el tiempo va pasando; los días se suceden y la vivencia que tuvimos se va afirmando, se reentiende, se reinventa… Ya han pasado algunos meses desde mi viaje a Tanzania como delegada de la Asociación Bíblica Católica de mi paísv y no he escrito nada en este espacio sobre eso.
Cuando me preguntan qué fui a hacer a Tanzania, resumo mi respuesta en las siguientes palabras: “fui a mirar y a escuchar…”: a mirar con el corazón a personas venidas de diversas culturas, cada quien con una historia, con sus luchas, sus inquietudes, su equipaje, sus ataduras y su libertad a veces conquistada, a veces por conquistar. En un contexto “de iglesia” como aquel en el que nos encontrábamos, siento que es importante remontar la mirada más allá de los roles o cargos jerárquicos concretos para ver a la persona, escuchar lo que hay detrás de las palabras y de las propuestas, sentir la realidad que cada quien nos trae y de la que no sólo se habla con los labios sino con todo lo que uno es.
Por otra parte, mi contacto concreto con la gente de Tanzania me recordó algo que había empezado a aprender hacía tiempo en mi vida personal: la paz es un bien cuyo valor es incuantificable; un bien que hay que defender y por el que hay que trabajar con renovada conciencia cada día, no viene así sin más, gratuitamente. Más allá de las carencias materiales, de lo que falta por desarrollar, siento que los tanzanianos están orgullosos de su paz: sacar adelante un país en el que logran convivir aproximadamente 120 tribus, religiones distintas (cristianismo, islamismo, religiones tradicionales animistas, etc.), insertado en la realidad de un continente en que la segmentación y los quiebres han dado lugar a una profunda violencia, es un logro que no se alcanza a medir desde una óptica superficial.
Finalmente, mi experiencia en Tanzania me hizo agradecer profundamente el regalo de haber nacido y crecido en esta América multicolor y diversa, pero en la que reconocemos también profundos lazos y lugares comunes. Tanzania me conectó con el profundo legado africano que aún palpita en nuestras culturas, en su música y expresiones artísticas, en su mentalidad. El poder encontrar desde ese maravilloso espacio que es la música un modo de acercarnos (latinoamericanos, europeos, asiáticos, africanos, etc.); el hallar en el corazón sitios de resonancia para tantas maneras de expresar y de sentir la vida, me hace creer cada día con más fuerza en la importancia de tender puentes y de ser personas que podamos usar las formas no para separarnos o atascarnos en ellas, sino más bien para que con todo lo que tenemos y con todo lo que somos, podamos proclamar la buena noticia de amor que vino a darnos Ése que sabe ver más allá de las etiquetas, ver en lo escondido, en la sagrada profundidad del corazón de cada uno.
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Los argentinos que he conocido me han recordado una linda tradición que me da pie, casi me brinda una excusa (no es que la necesite, claro está) para escribir estas líneas. En Argentina, se celebra el 20 de julio el “día del amigo”, y éste es festejado en otros países en fechas diversas.
Por supuesto, algunos alegarán que, como la mayoría de las celebraciones, se ha convertido en un pretexto para el comercio, para la compra de regalos y el consumismo. Pero yo me quedo con lo que decía un comentarista de una radio argentina al respecto: “Más allá de si es comercial o no, hoy aproveche, llame a su amigo y dígale que lo quiere; y sobre todo, dígale por qué lo quiere…”
En mi vida, puedo decir que he tenido el placer de degustar el sabor de la amistad; disfrutar de su aroma, acariciarla sin prisas y sin premuras; mirarla a los ojos cuando sin falsas poses y sin disfraces, al calor de una buena charla, nos reconocemos, nos prestamos un espejo para vernos adentro sintiendo que las palabras o los silencios del otro no son invasión sino compañía confiada y gratificante.
La amistad tiene para mí aroma a sencillez, a alegrías y penas compartidas (no en vano dicen que una alegría compartida es doble alegría y una pena compartida es media pena); a proceso de crecimiento y aprendizaje. Es un espacio de libertad y de respeto en el que vamos aprendiendo a ser cada vez más nosotros mismos y viendo a esa persona, al amigo en toda su profundidad. Vamos aprendiendo a entender lo que nos gusta, lo que no nos gusta, lo que nos molesta, lo que nos duele; y aprendemos que el amigo, por más que nos quiera, no siempre sabe las intimidades de nuestro corazón y que somos nosotros quienes hemos de elegir ir abriendo esos territorios interiores si deseamos que esa semilla de amistad que se planta un día en algún encuentro, en alguna primera vivencia compartida, sea un árbol fuerte y frondoso que sepa dar sombra y acogida a los que tengan el tiempo y la paciencia para disfrutar de él.
Cuántas personas hay que pasan años compartiendo amistad, pero ello no va más allá de encuentros en los que hablan de cualquier cosa menos de ellos mismos; en los que, si bien pasan ratos agradables, no acaban de sentirse cómodos con el otro porque no pueden retribuir de la misma manera lo que el otro da. También hay quienes buscan dar siempre, atender siempre, pero no permiten ese espacio en el que el amigo puede también ofrecerles lo que tiene y lo que es; no aceptan que también ellos necesitan dejarse cuidar, que también ellos son vulnerables.
Hay quienes se acercan a la amistad buscando escuchar siempre la palabra halagadora, buscando que el otro esté siempre de acuerdo y lo llaman “apoyo y fidelidad incondicional” o, como he escuchado decir: “con los amigos, con la razón o sin ella”.
Respeto esas propuestas, pero no son las que alimentan mi amistad; no es lo que me interesa ofrecer ni lo que me regalan aquellos que tengo la fortuna de contar entre mis amigos. ¡Cuánto se los agradezco! Prefiero para abonar la amistad entre otras cosas, algo como lo que canta Silvio Rodríguez: “
Pero cuando haga daño, aunque inocente,
corre hacia mí blandiendo el pecho abierto;
y descorre las nubes de mi mente;
sé, amigo, manantial en mi desierto;
que yo sabré recompensar tu acierto
con mayor amistad para la gente.”
También creo en lo que bien canta Rubén Blades: “Cada amigo es la familia que escogemos entre extraños”; los escogemos y nos escogen, en libertad, en complicidad, y nos elegimos para más que pasar tiempo juntos (sin que esto deje de ser muy importante). Nos elegimos para ser parte de la vida del otro, para crecer, para sanar heridas porque no hay buena amistad que no se haya templado en el crisol de una discusión tras la cual, nos reconocemos más humanos y más capaces de abrazarnos, de comunicarnos, de perdonarnos y de reírnos de nosotros mismos (y si nos reímos de nosotros mismos, el amigo no ha de ofenderse si nos reímos juntos de él un poquito también, que una risa a tiempo es la mejor manera de salvar distancias y de traernos de vuelta para dar a las cosas su justa perspectiva: “después de todo, esto no es tan importante para echar a perder una relación tan valiosa”.
Y es que la amistad, para mí, está hecha, entre otras cosas, de puentes; de puentes de cariño y de respeto; de lugares comunes que uno va visitando y descubriendo con el tiempo; de dudas y certezas: la certeza de saber que somos queridos y valorados por lo que somos (sí, con defectos incluidos y reconocidos por el otro), la certeza de saber que el que más nos quiere también puede lastimarnos (no he dicho que desee hacerlo, he dicho que puede hacerlo); la certeza de saber que también nosotros podemos lastimar; la certeza de saber que, más allá de eso, existe un espacio para la ternura, para la sonrisa y las lágrimas, para volverse a admirar ante el milagro de las coincidencias y para celebrar que tú y yo estemos aquí en este momento; celebrar, como escribe Ana Lucía Vlieg, que “quiero encontrarte,
amigo de poema y de prosa
amigo sin un siempre, amigo sin un nunca,
amigo solamente de un aquí y un conmigo,
simplemente sentirte, reconocerte, amigo.
Hablar de la amistad o escribir sobre ella, casi podría convertirse en rememorar palabras y canciones:
“A mis amigos les adeudo la ternura
y las palabras de aliento y el abrazo;
el compartir con todos ellos la factura
que nos presenta la vida paso a paso…
A mis amigos legaré cuando me muera
mi devoción en un acorde de guitarras;
y entre los versos olvidados de un poema,
mi pobre alma incorregible de cigarra.”
(A. Cortez)
Sí, la amistad también es rememorar y hacerlo con gratitud, porque la gratitud es la memoria del corazón; y es, para mí, saber que puedo hacer propias esas sencillas pero significativas palabras de Marcos Vidal en su canción “Mi Regalo”. Gracias por escribirlas:
No son muchos pero Dios los puso ahí,
un poquito más cercanos, me los regaló a mí
para hacerme comprender un poco más
el calibre del amor de mi Padre celestial.
No son muchos, pero no los hay mejores en la tierra
sin temor a los leones en la arena,
Sólo pendientes de que alguien me proteja
aunque el precio sea mayor.
Son amigos; y no tengo que dar nombres o apellidos
porque ellos mismos ya se saben aludidos…
No son muchos pero Dios los puso ahí,
peregrinos incansables, luchadores de marfil,
forasteros con nostalgia del hogar,
en sus frentes brilla el sol,
en sus manos siempre hay pan.
Y en sus labios, no hay engaño ni hay traición porque son sellos,
y jamás he visto zánganos más bellos,
ni me he reído tanto como junto a ellos,
aún en medio del dolor.
Son amigos; y no quiero dar sus nombres ni apellidos.
Ellos lo saben y se dan por aludidos.
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Hoy me di cuenta de que hace varios días que no escribo ninguna reflexión para la página. Y no es que la vida no esté llena de cosas interesantes que puedan motivarla: si estar a menos de una semana de un viaje a Tanzania no genera alguna expectativa, algún sentimiento que nos pueda arrancar al menos unas letras, me pregunto qué se necesita para suscitar alguna reflexión que merezca compartirse.
Y sin embargo, me siento un poco “sin palabras”; en ese sencillo estar de la cotidianidad: volver de algún concierto, vacunas antes del viaje, las clases, los alumnos, los amigos, dejar todo a punto…
Y se me ocurre pensar en cuánta intensidad se va fraguando justamente ahí; en esa cotidianidad sencilla en la que vamos viviendo; se me ocurre pensar en el valor de los silencios. Cuán importante es ese calderón casi al final de un tema dramático, y después, ese silencio antes de que el cantante nos regale las últimas notas. No sería lo mismo sin esos segundos de suspenso, de tensión sostenida. Cuán importante son todos los compases de silencio del percusionista de la orquesta sinfónica antes de ese instante en el que toca el platillo en el momento justo para dar dramatismo a la composición. No sería lo mismo un compás antes ni uno después. Los silencios hacen música y para poder hacer música, hay que comprender el valor de los silencios.
Hay que disfrutar ese momento en el que uno termina de interpretar un tema y tanto los músicos como el público lo están degustando aún; y pasan algunos segundos antes de los aplausos. Me pregunto por qué hay a nuestro alrededor tanto miedo a los silencios. ¿Por qué necesitamos a toda costa encontrar una palabra que los interrumpa? ¿Por qué nos cuesta tanto estar al lado de otra persona, relajarnos en ese silencio que deja de convertirse en distancia para convertirse en complicidad; deja de ser una barrera para ser una hermosa forma de acompañarse?
Un día compartíamos con un músico y teníamos puesto algún disco para ambientar el momento. De repente, la música llegó a su fin y alguno de los presentes se apresuraba a colocar un nuevo disco cuando él dijo: “Espera, hay música en el silencio, ¿no la oyen?”
Y creo que si hay tanto miedo al silencio es porque, a fuerza de querer llenarlo de sonido, de palabras, hemos dejado de escuchar la música que palpita en cada momento; la composición que se está escribiendo y que no sería igual sin esa pausa, sin ese espacio tras el cual tendremos sin duda notas más intensas, ideas más ricas y renovadoras para adornar la sinfonía de la vida cotidiana.
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Sí, claro, ya sabemos. ¡Hay que hacerlo y hay que hacerlo ahora! No se puede posponer: “hay que terminar el proyecto porque el jefe espera que le mande el informe y eso no puede esperar.”
“Necesitamos fondos para la obra social, para la radio o el canal de televisión, o para hacer el concierto que transmitirá mensajes positivos, porque ¡se están perdiendo los valores y qué hacer en un mundo sin valores!”
“Hay que pagar la renta, la gasolina, ¡la escuela de los niños, hay que resolver lo urgente!
Y es cierto, hay que atender las necesidades inmediatas y sacar adelante los proyectos.
Ese no es verdaderamente el problema. El problema parece ser que siempre hay algo urgente, eso que hacemos mientras llega ese día, ese soñado día que se forja allá en algún recóndito lugar de nuestra febril imaginación: El día en que tengamos tiempo. Ese día, sin duda, tendremos tiempo para disfrutar de todo lo que estamos preparando:
la mesa compartida con los hijos, el café con los amigos, el encuentro fraterno, la paz sencilla y la alegría.
Creo que Cabral tiene razón: “No hay mejor futuro que un buen presente.”
Y es que es tan fácil, entre la prisa de lo urgente, entre la premura del activismo bien intencionado, que se nos escape sigilosamente y de puntillas, la misión, el sentido de nuestro esfuerzo; que nos vaya pasando lo que canta una chacarera argentina: “tanto correr pa’ llegar a ningún lado, si estaba donde nací lo que buscaba por ahí…”
Uno de los mayores peligros de vivir en lo urgente es la dispersión, esa división interior que hace que siempre estemos con un pie en lo que estamos haciendo y otro en lo que tenemos que hacer; con la mente en el proyecto en el que estamos y el corazón añorando algún otro tiempo, el tiempo del descanso, el tiempo en el que las cosas eran o serán distintas. Vivimos con los sentidos dispersos, con la voluntad y los deseos dispersos. Y no hablemos de la culpa, esa que se siente cuando por un momento, nos damos permiso para disfrutar de no mirar el reloj, oír la música que nos gusta, felicitarnos porque después de todo, hemos hecho cosas buenas y merecen ser reconocidas, ¡pero se nos está yendo el tiempo y mañana hay que empezar temprano!
Es urgente, es vitalmente urgente hacer un ejercicio para que podamos traer todos nuestros elementos, todo lo que somos a un mismo punto, al aquí y ahora; a la mirada o la palabra de quien tenemos frente a nosotros, a la canción que se nos cuela por los oídos, al poema que más que poema es melodía para el corazón; al paisaje que nos regala sus colores, sencillamente a la vida que se nos escapa, pero vivir no es después de todo tan urgente. Quizá ni siquiera sabemos del todo en qué consiste.
Lo que sí sabemos es que este artículo ya se está haciendo muy largo y ¡es urgente terminar el proyecto, pagar la renta, resolver lo que “la comunidad”, “los clientes”, “los padres”, “los jefes”, “el sacerdote”, “la pareja”, “los hijos”, etc…” demandan de nosotros! Nutrir el corazón, cuidar el cuerpo y el alma, conectar con la amistad, sanar heridas y celebrar el regalo de estar vivos son cosas que pueden esperar para ese día, ese soñado día, ese milagroso día en el que al fin, tengamos tiempo…
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“Contra la torre de Babel tendemos puentes,
Lazos que invitan a entender.
Contra la torre de Babel hacemos mundos
Hechos de mezcla y de saber…”
Pedro Guerra
Una de las fiestas cristianas que encuentra profundas resonancias en mí es la fiesta de Pentecostés, fiesta que celebramos cincuenta días después de la pascua. Se cuenta en los Hechos de los Apóstoles, que, estando la comunidad reunida y encontrándose ahí personas provenientes de diversas latitudes, los apóstoles reciben el Espíritu Santo, y al anunciar el evangelio, cada quien les escucha hablar en su lengua, en el idioma que cada uno entendía.
Y tengo que decir que, a nivel personal, la experiencia de “Pentecostés” ha sido esa que he vivido tantas veces: ésa de ver que se tienden puentes y que, inexplicablemente uno empieza a hablar el idioma del otro, a entender lo que realmente queremos decirnos; y no tiene que ver con la lengua de las palabras, sino con esa lengua subterránea y maravillosa que palpita animando cada palabra y cada gesto: el idioma del corazón.
Cuántas veces hablamos con otra persona; usamos las mismas palabras, repetimos las mismas frases, creemos estar diciendo lo mismo y un día nos damos cuenta de que estábamos hablando de algo totalmente diferente; de que esas palabras activaban cuerdas distintas en nuestro corazón y en nuestra mente. Es lo que canta Manzanero cuando dice:
“Qué tristeza; vivimos tanto tiempo el mismo techo,
Hablamos diariamente el mismo idioma
Sin darnos cuenta que jamás nos entendimos…”
Pentecostés, por el contrario, es poder encontrar la palabra, la canción, el gesto que nos conecte con el otro; que nos haga reconocer que a pesar de las diferencias, hay un puente para que podamos acercarnos; que la distancia y el miedo no son más fuertes que ese espíritu de amor que nos aglutina y nos congrega. A veces pienso que no hay “la canción perfecta”. Lo que hay es la canción apropiada para aquel que nos escucha.
Cuántas experiencias de Pentecostés: compartir (yo, no vidente) con una persona con carencia auditiva profunda, un pintor ruso en un encuentro de artistas y darme cuenta de que, al aceptar su invitación a poner las manos sobre sus cuadros (que no están en relieve), no importan tanto ni las pinturas ni las canciones sino los dos seres humanos que se reconocen detrás de sus “diferencias lingüísticas” y de expresión, detrás de sus silencios y sus palabras.
Hay Pentecostés cuando puedo disfrutar con alguien de tierras lejanas su música y su cultura, alegrarme con su alegría y vibrar con su vivencia, porque sé que ese amor se parece al mío, porque su nostalgia se parece a la mía y porque como cantan Cortez y Cabral:
No me llames extranjero porque haya nacido lejos
o por que tenga otro nombre la tierra de donde vengo.
No me llames extranjero porque fue distinto el seno
o por que acunó mi infancia otro idioma de los cuentos,
No me llames extranjero si en el amor de una madre,
tuvimos la misma luz en el canto y en el beso,
Con que nos sueñen iguales
las madres contra su pecho.
No me llames extranjero ni pienses de dónde vengo,
mejor saber dónde vamos, a dónde nos lleva el tiempo.
No me llames extranjero porque tu pan y tu fuego,
calman mi hambre y mi frío y me cobija tu techo.
No me llames extranjero, tu trigo es como mi trigo
tu mano como la mía, tu fuego como mi fuego,
y el hambre no avisa nunca, vive cambiando de dueño…
Cuántas veces nuestros símbolos, nuestras formas, nuestros lenguajes, nuestros ritos, nuestras “certezas” nos impiden precisamente celebrar Pentecostés. Y me gusta recordar ese regalo del Espíritu, eso que escribe y canta Ana Lucía Vlieg::
Quien no está contra ti está contigo, Señor amado;
quien vive tu palabra, por tu evangelio se hace mi hermano.
Si es ajeno a mis ritos y tradiciones poco me importa;
Cuando en tu libertad su senda quiere andar
Y abraza al desvalido y al que está aislado En su soledad.
Quien no está contra ti está contigo, Señor amado;
quien lucha por tu causa por esa lucha se hace mi hermano.
Si utiliza otros signos para encontrarte poco me importa;
si se atreve a soñar con esa realidad,
con ese mundo nuevo que nos prometes, Dios de la paz.
Que no sean los gestos, las palabras, los símbolos religiosos y la religión, la discapacidad, las banderas, las etiquetas con las que vamos clasificando y encasillando la vida, lo que nos impida reconocernos. Que sirvan para tender puentes, para encontrarnos en el idioma del corazón y vivir así esa feliz y afortunada experiencia. ¡Que tengas Pentecostés”
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Sí, tal vez Jorge Drexler tenga razón: “no hay tiempo perdido peor que el perdido en añorar”, pero aún así, elijo darme permiso en este momento para un poco de saudade, esa hermosa palabra que nadie sabe definir como los brasileños. Dicen que no hay en otro idioma algo exactamente igual a la saudade (y no trates de convencer a un brasileño de lo contrario). Es un suave sentimiento con tintes de nostalgia, de añoranza, de remembranza afectuosa de algo o alguien.
Volver a una ciudad querida donde se ha vivido un tiempo importante (tiempo de estudios, trabajo, descubrimientos personales, amistades, amores, despedidas, regresos) supone a veces (como esta vez) tocar memorias, recordar viejas conversaciones, historias, sencillamente rememorar.
Quizás una llamada para saludar a alguien con quien no hablábamos hace tiempo, quizás una charla en la cocina al calor de una taza de café, el caso es que, como en un álbum de fotografías, el álbum de la memoria, uno recorre algún momento: algún encuentro parecido al amor, con aroma a juventud y a inocencia, a palabras dichas pero que ahora, desde lejos, suenan de otra manera.
Y uno entiende: “Claro, era obvio que no nos entendimos; era obvio que estábamos hablando dos idiomas; habría sido tan fácil decirlo de otra manera. ¿Por qué no nos tomamos más en serio? ¿Por qué no nos reímos más y no le dimos tanta importancia a eso? ¿Por qué no hice una pausa para preguntarle qué quería decir realmente? ¿Por qué no le dije lo que deseaba, lo que no deseaba, lo que pensaba, lo que no pensaba…?
Y la respuesta es simple: “porque no sabía”.
Una vez escuché a Ricardo Búlmez, un venezolano genial que sabe mezclar con maestría lo jocoso y lo profundo, las siguientes palabras: “Los seres humanos amamos imperfectamente y odiamos imperfectamente.”
Y a veces, es sencillamente el dolor de que sea así lo que yo llamo “el dolor del no sabía”.
Cuántas relaciones habríamos construido de otra manera; cuántas amistades habríamos conservado; cuántas horas habríamos invertido de modo diferente, ¡si hubiéramos sabido!
Pero se vive y se aprende; a veces con aciertos, a veces con errores; y uno confía en que los otros, aquellos de quienes quizás nos perdimos en un momento, también entiendan aunque nunca se los hayamos dicho: “sabíamos lo que sabíamos en ese instante. Vamos amando con lo que sabemos; viviendo con lo que sabemos y aprendiendo en el camino.”
Y no se sabe sólo con la cabeza; hay que saber con la mente, con el corazón, con la piel y con los sentidos para reconocer las señales.
Sí, Drexler, qué maravillosa forma de decirlo:
“Era el tiempo del cambio, el tiempo de la estampida,
El tiempo de la salida, el tiempo de esta canción.
Era el tiempo de ver
El tiempo de otra manera
Y yo no sabía que era
el tiempo del corazón….
Cabe decir que es tiempo de rememorar los viejos tiempos,
Aquella ciudad;
Aunque no sea más que para decir que de tiempo en tiempo
Conviene recordar…”
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“Vamos a caminar por el Retiro,
vamos que hoy en Madrid hay rico frío,
vamos que estoy ansioso por jugar
y hablar contigo…”
“Si yo digo verde,
a que usted no piensa en el camalote;
y si digo agua,
usted no imagina el Paraná…”
“Llorelé, llorelá,
bonito viento pa’ navegá.
Con este viento que sopla ahora,
con este viento voy a Taboga…”
Y no importa a dónde vaya, siempre hay alguna que me acompaña; alguna canción que tarde o temprano se me cuela por las rendijas del pensamiento para ponerle música al viaje, a la experiencia, para guiarme como un mapa sonoro a través de sentimientos y paisajes.
Siempre hay alguna canción para acompañarme a cada nuevo lugar y hacerme preguntar de repente como lo hice un día en Madrid: “¿Qué es el Retiro? ¿qué es Castellana…?;
para cantar el Txoriak Txori de Mikel Laboa en una montaña de la tierra vasca y entender otra manera de hablar de la libertad; para hacerme ir hasta la Alhambra sólo por tener algo que recordar la próxima vez que una guitarra desgranara los “Recuerdos de la Alhambra” de Tárrega; para cantar “El Villancico Yaucano” justamente ahí, En Yauco, Puerto Rico, aunque no fuera diciembre, sino mediados de julio, sólo por poder decir:
“ya lo sabes, niño hermoso,
soy del pueblo del café
y si quieres dos saquitos,
también yo te los traeré.
¡Cuántas canciones como mapas sonoros me van acompañando en cada recorrido y cuántos recorridos espero aún poder disfrutar en su compañía!
Y no faltó una que me rondara en esta visita que hicimos a las Cataratas del Niágara junto a mi hermana, mi madre, mi cuñado y Eclipse, la perra guía de mi hermana que la acompaña tanto a ella como me acompañan a mí las canciones.
Estar ante esa sensación de poderío, de abundancia, con la ilusión de que el agua no se acaba, sabiendo a ciencia cierta que esa idea es sólo eso, un espejismo de nuestra fantasía.
En el canto imponente del agua clama la voz de toda la naturaleza para recordarnos eso que bien dice Joan Manuel Serrat:”
Cuídala como cuida ella de ti.”
Ahí, de pie, ante las cataratas, ante esa naturaleza con la que aún hemos de aprender a convivir, vino como de puntillas para no interrumpir mi experiencia “El Hombre y el Agua” de Serrat; agua, fuente y puerta de vida para naciones y pueblos, como lo fuera simbólicamente para Helen Keller, que, desde esa palabra, vio abrirse ante ella una puerta maravillosa al conocimiento del mundo que la rodeaba.
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Si el hombre es un gesto
el agua es la historia.
Si el hombre es un sueño
el agua es el rumbo.
Si el hombre es un pueblo
el agua es el mundo.
Si el hombre es recuerdo
el agua es memoria.
Si el hombre está vivo
el agua es la vida.
Si el hombre es un niño
el agua es París.
Si el hombre la pisa
el agua salpica.
Cuídala
como cuida ella de ti.
Brinca, moja, vuela, lava,
agua que vienes y vas.
Río, espuma, lluvia, niebla,
nube, fuente, hielo, mar.
Agua, barro en el camino,
agua que esculpes paisajes,
agua que mueves molinos.
¡Ay agua!, que me da sed nombrarte,
agua que le puedes al fuego,
agua que agujereas la piedra,
agua que estás en los cielos
como en la tierra.
J. M. Serrat
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Otra vez emprendiendo viaje… Otra vez esa sensación que para mí resulta placentera (sé que hay quienes sienten casi una ansiedad molesta ante la idea del movimiento, las esperas en el aeropuerto, los “trámites”…) Para mí, el sentimiento se parece más a la expectación, al entusiasmo.
Dice un hermoso proverbio que “nunca es largo el camino que conduce a la casa de un amigo” y más si este camino nos lleva a un encuentro para compartir canciones, para celebrar el nacimiento de una obra que, a su vez, es la expresión de la lectura cotidiana de la vida.
“Llamados”, el primer disco solista de Ana Lucía Vlieg Paulin, a quien la vida me ha dado el regalo de poder llamar “hermana” en el más pleno sentido de la palabra, es, además de un trabajo musical de interés, justamente eso, una llamada a estar despiertos, a vivir en la alegría; no en esa “alegría” superficial que nos distrae del mundo, sino, por el contrario, en la certeza alegre de que somos seres en misión; gente que está aquí para mucho más que transitar por la vida, de la casa al trabajo, del trabajo a la casa, de compras los fines de semana, esperando el próximo programa de TV, la próxima película, el próximo dictado de la moda, el error o la crítica del vecino, las sociales del diario o alguien que nos invite a salir para “pasar un rato ya que no hay más nada que hacer”…
Somos, o al menos estamos llamados a ser, gente de propuesta: “queremos ser lo que Tú has soñado”. Somos o podemos ser gente que mire atrás no para atascarse en el pasado, sino para decir: “gracias por tantas promesas cumplidas…”
Somos o podemos ser gente de puentes tendidos que no divida sino que reconozca la unidad en el Espíritu: “Quien no está contra ti está contigo, Señor amado…”
En efecto, “somos llamados” a vivir en Su alegría, a no resignarnos a que hoy será igual que ayer “porque no se acabaron el aceite en el cuenco, ni la harina ni el vino guardado en las tinajas. Pues si todo en tus manos lo ponemos sin miedo, sobran panes y peces, nos inunda tu gracia, Señor.”
Gracias, Ani, por regalarnos palabras para contar esta buena historia y por permitirme celebrarla contigo.
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La mayoría de nosotros, al menos alguna vez, nos hemos encontrado en ese sitio que bien podría ser visualizado como “a la orilla de un abismo”; ese lugar al borde de una decisión importante en el que no sabemos a ciencia cierta si dar el paso o abstenernos de hacerlo. Es un sitio reconocible: supone tomar un riesgo, abandonar algo que nos proporciona seguridad, placer momentáneo, comodidad; lanzarnos a las aguas de la vida y el escalofrío de lo desconocido se siente en todas las partes del ser, en la mente, en el corazón y hasta en la piel… [Seguir leyendo →]
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Será porque creo profundamente en el poder de la palabra, no sólo para expresar, sino también para influenciar lo que pensamos y eventualmente hacemos, que me he acostumbrado a analizar los mensajes que leo y escucho y aquellas frases que casi subconscientemente utilizamos en nuestras conversaciones cotidianas. Y cierto es que en variadas ocasiones, me doy cuenta de que esas frases dichas al vuelo y casi sin reflexionar, revelan más que muchas otras, lo que hay en lo profundo de nuestros pensamientos, en esas recónditas áreas de nuestro ser que a veces ni nosotros mismos descubrimos y reconocemos y que salen a flote cuando menos lo esperamos. [Seguir leyendo →]
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Pensaba el otro día y conversaba con una amiga que muchos hijos podrán decir cosas sobre sus padres: algunos podrán decir que tuvieron padres que les dejaron educación, una carrera, que trabajaron por ellos “para levantar una familia” dejando en el camino “sangre, sudor y lágrimas”; otros podrán decir que sus padres les dejaron un legado económico (muchos padres quieren estar en esta categoría: “¡que a mis hijos no les haga falta nada” (vana esperanza porque “el ser humano no quiere mucho; quiere más”). [Seguir leyendo →]
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Me ha ocurrido pero siempre parece nueva la experiencia (como dice Silvio: “pasa poco, pero pasa, compadre.” Una conversación en la que uno encuentra un lenguaje común, un lugar común; en la que alguien, así por elección y desde la naturalidad, me permite mirar un poco adentro, a su historia, a su momento presente, a sus puertas abiertas y entreabiertas…
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